Fascismo

Trágicamente marcando el siglo XX, el fascismo es un tema que desafía a los intelectuales que buscan comprender su naturaleza e historia. En general, se puede decir que el fascismo es una conducta política sumamente autoritaria, marcada por el nacionalismo, la militarización de los conflictos y una preocupación obsesiva por la idea de la decadencia de una comunidad o nación. Hostil a las formas modernas de democracia, el fascismo recurre a la violencia, creando un enemigo – interno y / o externo – que debe ser exterminado para garantizar la seguridad y supremacía de un grupo considerado superior. A pesar de manifestar algunas variaciones, dependiendo de la época y el lugar donde aparece, el fascismo tiene unas características típicas que se repiten.

El pensamiento fascista tiende a emerger y ganar fuerza en contextos de crisis –económica, social o política– cuando se presenta como una solución radical. Movilizando los legítimos sentimientos de sufrimiento o injusticia, el fascismo impulsa y enfatiza la idea de que el grupo al que defiende es la gran víctima de una situación a revertir. Como toda víctima tiene un verdugo, el fascismo apunta a un enemigo que debe ser exterminado. En el caso del nazismo, la forma histórica más conocida de fascismo, la víctima fueron los alemanes blancos y la lista de enemigos era larga, incluidos comunistas, negros, homosexuales, gitanos y judíos. Apelando a factores emocionales más que al argumento racional, el fascismo encarna una misión de regeneración nacional que se expresa en la figura de un líder extremadamente carismático responsable de salvar la nación.

En el campo político institucional, el fascismo se caracteriza por un Estado fuerte, que ejerce el control sobre todos los ámbitos sociales y por la presencia de un partido único. Las decisiones se toman de manera autoritaria y jerárquica, desde el líder supremo hasta sus subordinados. El aparato represivo suele contar con una fuerza policial dura y bien estructurada, encargada de contener opiniones y grupos divergentes. En el ámbito civil, la violencia también está motivada por la organización de milicias compuestas, sobre todo, por jóvenes adherentes al fascismo. Al ensalzar la juventud y la virilidad, la estética es extremadamente importante en los regímenes fascistas. La publicidad, los rituales y los símbolos actúan más que argumentos en la misión de reforzar las ideas fascistas y llamar a la población a participar activamente.

En el espectro político, el fascismo suele ubicarse como parte de la extrema derecha. Sin embargo, no es solo el socialismo al que se oponen. Su rechazo al liberalismo es inmenso, especialmente en lo que respecta a la centralidad del individuo. Para el fascismo, los intereses de las masas y la nación siempre superan los intereses individuales. Tal ética define que el individuo debe ser valorado cuando está al servicio de la defensa patriótica. El etnocentrismo, la idea de la superioridad de un grupo sobre el otro, es una característica fundamental del fascismo. La regla es la discriminación y el acoso de todos los que no se consideran parte de la comunidad. Los miembros de otras razas, etnias y nacionalidades, o incluso aquellos que solo están en desacuerdo con el fascismo, deben ser combatidos como una amenaza para la integridad de la nación. Desde el punto de vista de la política exterior, el fascismo tiende a ser extremadamente imperialista.

El nazismo alemán suele ser el episodio más recordado cuando se trata de fascismo. Los regímenes de Mussolini en Italia y de Franco en España también fueron llamativos. España tenía su propia teoría nacionalista de inspiración fascista, que se llamó Integralismo. Sin embargo, para defender la democracia es fundamental comprender la experiencia histórica del fascismo más allá de sus casos más evidentes. Lejos de ser un pensamiento político completamente anticuado, los principios y sentimientos que sustentan el fascismo se despiertan repetidamente en tiempos de crisis.

Bibliografía:
PAXTON, Robert. Anatomía del fascismo. São Paulo: Paz y Tierra, 2007